“Tras la caída de Assad, Bruselas y Berlín se mostraron eufóricas: al nuevo gobernante de Damasco, el antiguo terrorista de Al Qaeda al-Sharaa, se le dispensó un trato de gala y se le prometieron miles de millones en ayuda. Esa euforia fue prematura.
Las minorías religiosas que aún gozaban de protección bajo el régimen de Assad están siendo ahora perseguidas sistemáticamente en la Siria actual: cristianos, alauitas, drusos y chiitas. Esto es inaceptable.
Bruselas y Berlín deben ejercer ahora una presión enorme sobre Damasco. El objetivo debe ser: en primer lugar, la protección efectiva de todas las minorías religiosas. En segundo lugar, el retorno de millones de sirios suníes desde Europa. Muchos de ellos celebraron la caída de Assad; ahora deberían ayudar a reconstruir su país.
Ni un solo céntimo del dinero de los contribuyentes alemanes debe destinarse a Siria mientras no se cumplan estas dos condiciones’.”